El Diario de Alejandría se inicia, en aras de su nombre, en dos escenarios, el público y el privado. El “diario” se supone un relato íntimo y Alejandría es el símbolo de la máxima expresión cultural del mundo antiguo. El acto literario surge como magia inseparable de la polarización que opone una zona sagrada: privada, pura, perfecta, a un espacio profano, el exterior donde se ha desencadenado la guerra, el estruendo, el caos. Del mismo modo, es inseparable de los intercambios que se establecen entre los dos campos. Su polarización en dos zonas distintas permite la realización de esta síntesis creadora. El papel de los lectores consistiría en prolongar o ejecutar las sugerencias formuladas. Holderlin, expresión poética del titanismo, invoca al corazón popular y a la patria: “¡Oh! Sagrado corazón del pueblo. ¡Oh! Patria”. La catarsis programada habría que interpretarla como el resultado de esa polarización en dos zonas diferentes, resultado de dos universos opuestos, p...