Despertó bruscamente al sentir un fuerte golpe sobre el pecho y vio al gato negro sobre ella, con mirada y actitud de esfinge, enigmático y desafiante.
El terror la paralizó. No podía gritar ni moverse. Solo sonidos inarticulados se escapaban de sus labios rígidos.
Al fin, tras un enorme esfuerzo, logró alcanzar el picaporte de la ventana próxima a la cama y la abrió, sujetando la cortina para dejar un espacio por donde supuso escaparía el gato. Pero este no se movía y continuaba, hierático y ominoso, sobre ella, con su mirada burlona, casi humana.
Logró levantarse y el gato saltó junto con ella, permaneciendo en actitud de desafío a su lado, cual cuervo de “never more”. Y no era solo el gato lo que le producía aquel miedo imposible de dominar. Una semiclaridad lechosa inundaba la habitación como si flotara un espíritu de desolación y de espanto.
Abrió la puerta y con un súbito puntapié, que el gato no esperaba, logró echarlo fuera, cerrando rápida y victoriosamente la puerta. Como por encantamiento, el gato llegó hasta el tejado y pudo ver su hocico pegado al vidrio de la ventana que alcanzó a cerrar.
El gato, furioso, trataba de penetrar a través de los vidrios que se empañaban con su aliento. Ella pensó, “no podrá entrar” y se acostó sonriendo, feliz de haberse liberado para siempre de él. Pero su sonrisa se congeló: el gato estaba allí, nuevamente, a los pies de la cama… mientras, una voz en off decía: “Al tenebroso gato nada le impide entrar a ninguna parte”. De un salto, este se instaló a su costado. Con asco infinito, sentía la presión de su cuerpo por sobre el plumón con que se cubrió entera pretendiendo protegerse del espanto.
Nuevamente, solo emitía sonidos guturales e inarticulados pidiendo auxilio, pues había sentido algún ruido en el cuarto del lado. Supuso sería su hermano que habría llegado de uno de sus constantes viajes. Pero nadie venía a auxiliarla e imaginó la casa solitaria en cuyas habitaciones flotaría esa especie de vaho blanquecino parecido a una espesa niebla que hacía más tenebrosa la oscuridad de la noche. La pesadilla terminó cuando alguien la despertó diciéndole que solo había sido un sueño, mientras repetía “el gato, el gato…”.
Al día siguiente recordó el sueño y encendió el computador portátil negro que había quedado a un lado sobre la cama. Buscó el significado del sueño y se deprimió aún más: soñar con un gato negro era presagio de muerte o de que una desgracia se aproximaba, lo cual confirmaba sus temores de que moriría pronto o de que algo muy malo ocurriría.
Durante el último tiempo había estado bastante deprimida y su única entretención era jugar ajedrez con el computador que colocaba sobre su pecho cuando se cansaba en la posición de costado. Ese día la angustia se acentuó y nada ni nadie logró sacarla del estado de profunda depresión que la dominaba.
A la noche siguiente nuevamente hizo lo mismo que había hecho durante el último tiempo, luego de haber vuelto con una gran sensación de fracaso a la casa de sus padres, ahora solitaria: jugar ajedrez con el computador; y entonces comprendió… la noteboock, de color negro, sobre el pecho… claro… en el sueño se había transformado en el gato negro asociado al que en el día había divisado arriba de un árbol acechando a los pajaritos.
Sonrió, feliz… el gato era el computador, por lo tanto no era un gato… Pero… la sonrisa nuevamente se congeló en su rostro… el sueño… la muerte… el computador… el gato… ¡un cibergato!
Al fin, tras un enorme esfuerzo, logró alcanzar el picaporte de la ventana próxima a la cama y la abrió, sujetando la cortina para dejar un espacio por donde supuso escaparía el gato. Pero este no se movía y continuaba, hierático y ominoso, sobre ella, con su mirada burlona, casi humana.
Logró levantarse y el gato saltó junto con ella, permaneciendo en actitud de desafío a su lado, cual cuervo de “never more”. Y no era solo el gato lo que le producía aquel miedo imposible de dominar. Una semiclaridad lechosa inundaba la habitación como si flotara un espíritu de desolación y de espanto.
Abrió la puerta y con un súbito puntapié, que el gato no esperaba, logró echarlo fuera, cerrando rápida y victoriosamente la puerta. Como por encantamiento, el gato llegó hasta el tejado y pudo ver su hocico pegado al vidrio de la ventana que alcanzó a cerrar.
El gato, furioso, trataba de penetrar a través de los vidrios que se empañaban con su aliento. Ella pensó, “no podrá entrar” y se acostó sonriendo, feliz de haberse liberado para siempre de él. Pero su sonrisa se congeló: el gato estaba allí, nuevamente, a los pies de la cama… mientras, una voz en off decía: “Al tenebroso gato nada le impide entrar a ninguna parte”. De un salto, este se instaló a su costado. Con asco infinito, sentía la presión de su cuerpo por sobre el plumón con que se cubrió entera pretendiendo protegerse del espanto.
Nuevamente, solo emitía sonidos guturales e inarticulados pidiendo auxilio, pues había sentido algún ruido en el cuarto del lado. Supuso sería su hermano que habría llegado de uno de sus constantes viajes. Pero nadie venía a auxiliarla e imaginó la casa solitaria en cuyas habitaciones flotaría esa especie de vaho blanquecino parecido a una espesa niebla que hacía más tenebrosa la oscuridad de la noche. La pesadilla terminó cuando alguien la despertó diciéndole que solo había sido un sueño, mientras repetía “el gato, el gato…”.
Al día siguiente recordó el sueño y encendió el computador portátil negro que había quedado a un lado sobre la cama. Buscó el significado del sueño y se deprimió aún más: soñar con un gato negro era presagio de muerte o de que una desgracia se aproximaba, lo cual confirmaba sus temores de que moriría pronto o de que algo muy malo ocurriría.
Durante el último tiempo había estado bastante deprimida y su única entretención era jugar ajedrez con el computador que colocaba sobre su pecho cuando se cansaba en la posición de costado. Ese día la angustia se acentuó y nada ni nadie logró sacarla del estado de profunda depresión que la dominaba.
A la noche siguiente nuevamente hizo lo mismo que había hecho durante el último tiempo, luego de haber vuelto con una gran sensación de fracaso a la casa de sus padres, ahora solitaria: jugar ajedrez con el computador; y entonces comprendió… la noteboock, de color negro, sobre el pecho… claro… en el sueño se había transformado en el gato negro asociado al que en el día había divisado arriba de un árbol acechando a los pajaritos.
Sonrió, feliz… el gato era el computador, por lo tanto no era un gato… Pero… la sonrisa nuevamente se congeló en su rostro… el sueño… la muerte… el computador… el gato… ¡un cibergato!

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