No podemos desentrañar el misterio de la muerte, porque no
podemos conocer aquello respecto de lo que nadie haya tenido la experiencia y
pueda comunicárnosla. Pero de la vida sí absolutamente la tenemos, y no solo de
nosotros mismos, sino de los demás, lo cual nos sirve de referencia y podemos
observar con mayor objetividad.
Hay algo común al género humano desde el momento en que se
produce la concepción, tanto para los que hemos nacido como para aquellos que
no lo hicieron, tanto para un niño como para un adulto, tanto para un joven
como para un anciano, sin acepción de género, aspecto físico, raza, credo,
posición social o económica: las heridas.
Al parecer venimos a este mundo para ser heridos, ya sea en
forma física o psicológica y a partir
del descubrimiento de este rasgo común tal vez podamos desentrañar el misterio
de la vida, porque podemos preguntarnos por qué y para qué.
¿Hay alguna razón y un fin?
A priori, no podemos ofrecer una respuesta a esas
interrogantes, pero creo que podemos encontrarla y, tal vez, si lo entendemos,
sea posible llegar a entender la finalidad última de no haber nacido o de
haberlo hecho y, en última instancia, el sentido de la vida.
Las heridas, cuando no provocan la muerte, dejan una huella en
el alma o en el cuerpo. Algunas heridas cicatrizan bien; otras, mal. Hay
también heridas que no cicatrizan y permanecen abiertas. O que parecían haber
cicatrizado y en cualquier momento se abren. Especialmente ocurre esto con las
heridas del alma o de la psiquis.
Todo lo que ocurre en el mundo físico tiene su correlato en
el mundo abstracto. “Como es arriba es
abajo y como es afuera es adentro”. Veamos…
¿Por qué querríamos haber venido a este mundo tan incierto
donde, al igual que un día, nacemos para morir? donde todo conduce a la nada,
donde podemos ser el hombrecito que limpia la calle, el mendigo, el rey, el
villano, la prostituta, la santa, el sabio, el estúpido, el enfermo, el
sufriente, el fuerte, el débil, el triunfador, el justo, el traidor, el valeroso,
el timorato, la reina de belleza a quien el mundo admira, la fea a quien nunca
nadie miró ni amó, yo, tú él, nosotros, vosotros, ellos… y todas las mil
variaciones del ser.
¿Por qué? ¿Para qué?
No es razonable pensar que no haya un propósito, una
finalidad, un objetivo.
A veces creemos haber descubierto una gran verdad, o ser
favorecidos por los dioses o ser el elegido o elegida de Dios o haber
encontrado la clave que nos conducirá al mundo mágico donde todo será
felicidad… y nos dormimos con la certeza de ese algo. Pero al día siguiente, cualquier contratiempo nos puede llevar a la depresión o a la desesperación y
todo se esfuma como las nubes que pierden su forma y que ya no son más.
De
pronto un mensaje nos llega directamente y volvemos a creer que la verdad se
asoma y que si perseveramos llegaremos a ella sin duda… pero muy pronto es la
duda la que se instala en nuestra alma y la oprime…
También sucede que un día amamos el mundo y a los seres que
lo habitan y somos magnánimos y generosos y piadosos… y de pronto, lo odiamos
todo y podríamos encarnar no a uno sino a los cuatro jinetes del Apocalipsis en
nuestro deseo de destrucción.

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